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El carbono almacenado en los manglares y otros ecosistemas de humedal costeros (conocido como carbono azul) tiene un lugar cada vez más importante en las discusiones sobre la reducción de emisiones de gases de efecto invernadero a nivel mundial. Sin embargo, aún quedan muchas interrogantes sobre cómo el medio ambiente costero almacena y libera CO2 y actúa con el cambio climático.

Un nuevo estudio publicado en la revista científica Nature Communications aborda el futuro del carbono azul y enfatiza la necesidad de entender mejor cómo los ecosistemas costeros pueden contribuir a la adaptación y la mitigación climática.

El carbono azul (CA) hace referencia al carbono orgánico que los manglares, marismas, praderas marinas, algas y otros ecosistemas costeros y marinos capturan y almacenan.  Y aunque  científicos y la comunidad internacional están estudiando su potencial para enfrentar el cambio climático, los beneficios que brindan estos ecosistemas van más allá de la captura de carbono, como la protección de las costas frente a desastres naturales y como fuente de recursos que garantiza los medios de vida de las comunidades locales.

Sin embargo, para que el CA cuente en las acciones que se desarrollan por el clima, la ciencia que lo investiga necesita bases más sólidas, según señala el estudio.

“Ha habido momentos en los que la ciencia ha respondido a las agendas sobre manejo, en lugar de cumplir un papel para establecerlas”, afirma Peter Macreadie, autor principal del documento y director del Blue Carbon Lab (Laboratorio de Carbono Azul) de la Universidad de Deakin.

Con el objetivo de esquematizar las brechas y controversias principales que todavía existen en la ciencia sobre CA, los investigadores hicieron diez preguntas “fundamentales” a la comunidad científica.

En todo el mundo, los ecosistemas de CA varían ampliamente en su exposición al cambio climático, según señalan las respuestas de 50 expertos. El aumento del nivel del mar tiene uno de los mayores efectos en el almacenamiento del carbono costero: cuanto más se incrementa el nivel del mar, más se adaptan los humedales formando más suelo con la materia mineral y orgánica. Esto les permite capturar más carbono.

Hasta el momento, existen principalmente modelos globales que analizan la vulnerabilidad del CA al crecimiento del nivel del mar, mientras que los estudios de las áreas locales -donde el clima extremo puede afectar las reservas de carbono y la salud de los ecosistemas costeros- están rezagados.

Los investigadores necesitan estudiar cómo la actividad humana altera la producción y el almacenamiento de carbono a nivel local. Mundialmente, el cambio de uso de las tierras en las costas -a causa de la agricultura, represas, expansión de ciudades y otras actividades humanas- produce un estimado de 450 millones de toneladas de CO2. Al mismo tiempo, los derrames de petróleo, la acuicultura o el crecimiento excesivo de algas pueden reducir la capacidad de los ecosistemas de CA para almacenar carbono. No obstante, los científicos necesitan analizar más de cerca qué está sucediendo a nivel local. Al proteger los ecosistemas de CA locales de las alteraciones, los países pueden evitar emisiones nocivas.

   Manglares en reserva Celestún, Yucatán, México. Yoly Gutiérrez/CIFOR.

“Los países en desarrollo con recursos de CA tienen la oportunidad de usarlos como parte de sus Contribuciones Determinadas a Nivel Nacional” (NDC, por sus siglas en inglés), explica Daniel Murdiyarso, científico principal del Centro para la Investigación Forestal Internacional (CIFOR) y coautor del estudio. Las NDC hacen referencia a los compromisos de los países para reducir sus emisiones y adaptarse al cambio climático.

“En Indonesia, por ejemplo, el CA podría ayudar a reducir las emisiones hasta en 200 millones de toneladas de CO2 anualmente, el equivalente al 30 por ciento de sus emisiones en tierra”, sostiene Murdiyarso.

Aunque los científicos conocen la distribución aproximada de los manglares a nivel mundial, 75 por ciento de los cuales se concentra en solo 15 países, las marismas y las praderas marinas no están todavía suficientemente documentadas.

Los investigadores señalan que primero tienen que averiguar cuántos ecosistemas de CA hay en el mundo realmente. También es de importancia crítica saber cuán rápido pueden degradarse. Por ejemplo, el índice al que se están perdiendo las praderas marinas se ha multiplicado por siete desde la década de 1990. Por lo tanto, los estudios son fundamentales para entender mejor estos cambios en la salud del ecosistema.

Para promover la conservación de los ecosistemas costeros para la mitigación climática todavía se requiere más evidencia sobre cómo el carbono azul ayuda a reducir las emisiones. Los estudios aún no llegan a explicar cómo los intercambios de CO2 entre el agua y el aire influyen en la retención de carbono. O cómo las olas pueden impactar en la formación de carbono orgánico, lo que provoca desacuerdos entre los científicos.

Los manglares absorben hasta 700 millones de toneladas de carbono por año y regresan 525 millones de toneladas a la atmósfera anualmente, según las estimaciones. Pero aún falta información sobre otros ecosistemas de CA e, igualmente importante, sobre cómo las emisiones de metano (con más potencial de calentamiento que el CO2) y otros óxidos nitrosos pueden inclinar la escala en el balance sobre el carbono.

Por último, dar una cifra sobre la capacidad del carbono azul para contrarrestar las emisiones otorgará a los sistemas costeros un lugar en la agenda sobre mitigación y adaptación.

Algunos países ya están desarrollando esquemas de mitigación del cambio climático que se centran en el carbono azul y brindan incentivos económicos para su conservación.

Evitar la degradación de manglares, marismas y praderas marinas podría contribuir a impedir la emisión de cerca de 1 millón de toneladas de CO2 por año, pero los esquemas internacionales para reducir las emisiones producidas por la deforestación y la degradación de los bosques actualmente no recompensan la protección de estos ecosistemas. El estudio alega que estos han sido dejados fuera de la agenda porque su capacidad de almacenamiento de carbono es aún incierta.

“Los hallazgos realizados hasta el momento sobre el carbono azul son cruciales, pero necesitamos reducir las dudas y no debemos esperar”, enfatiza Murdiyarso.

“Los países que quieren incluir el carbono azul en sus planes de mitigación y adaptación en virtud de compromisos oficiales necesitan saber prontamente cuánto carbono azul pueden almacenar sus ecosistemas costeros”.

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Este estudio forma parte del Programa de Investigación del CGIAR sobre Bosques, Árboles y Agroforestería(FTA), que cuenta con el respaldo de los Donantes del Fondo CGIAR.
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