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“Aprender a aprender” es fundamental para los investigadores en el campo

Descubrir qué funciona y qué no es igual de importante para los investigadores como para las comunidades que estudian
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Pobladores Mayangnas haciendo vigilancia del bosque, Nicaragua. Alam Ramírez Zelaya

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Cuando se preparaban a estudiar la participación de las mujeres en el manejo comunitario de los bosques en comunidades de Nicaragua, un equipo de investigadores se encontró con un dilema

Los hombres tendían a dominar los talleres y las reuniones, ¿Cómo podrían, entonces, fomentar una participación más equitativa si las mujeres no participaban o se expresaban?

La solución la encontraron en los campos de yuca. Allí, las mujeres se sentían en su ambiente, en sus campos y en el bosque, midiendo el crecimiento de los árboles, comparando el rendimiento de sus cosechas, haciendo preguntas y llegando a conclusiones.

Los investigadores aprendieron que los ejercicios de monitoreo pueden ser una vía para el empoderamiento de las mujeres. En el camino a este descubrimiento, los miembros del equipo de investigación también aprendieron algunas lecciones importantes sobre ellos mismos.

“Al principio, no era parte del proyecto porque nuestro enfoque consistía en entender cómo las comunidades aprenden sobre género. Pero en este proceso nos dimos cuenta de que se debe dar mucha mayor atención a cómo los propios equipos de investigación aprenden”, dice Anne Larson, investigadora principal del Centro para la Investigación Forestal Internacional (CIFOR), quien lideró un estudio sobre manejo adaptativo y colaborativo, un método basado en compartir continuamente el aprendizaje.

Llegar a este descubrimiento no fue sencillo, explica Kristen Evans, quien trabajó con Larson en el proyecto. La experiencia del equipo se describe en un nuevo documento publicado en la revista científica International Forestry Review.

Lo que más ayudó, destaca Evans, es que después de cada actividad los miembros del equipo discutieron en qué habían trabajado y por qué, y qué podrían mejorar en el futuro.

“Nos abrió los ojos. A todo el equipo”, añadió. “Comenzábamos por preguntarnos qué acabábamos de aprender. Esto nos llevó a tener muy buenas reflexiones, realmente profundas, sobre lo que hicimos, qué funcionó y qué no. Y provocó algunos cambios significativos en las actitudes entre los miembros de equipo”.

Es igual de importante involucrarse profundamente con los equipos que trabajan en el campo, como con las comunidades con las que trabajamos. No sólo se trata de contratar a la persona correcta. Todos tenemos mucho que aprender”

Anne Larson

Los mmaestros también aprenden

Los investigadores trabajaron entre 2011 y 2015 en seis comunidades de la Región Autónoma de la Costa Caribe Norte de Nicaragua, donde más de la mitad de la población pertenece a los grupos indígenas miskitu y mayangna. El área es una de las más remotas del país, y los cambios en años recientes han generado migración, conflictos sobre la tierra y otras formas de violencia.

El proyecto de investigación participativa, liderado por investigadores de CIFOR y el Instituto de Investigación y Desarrollo Nitlalpan de la Universidad Centroamericana de Nicaragua, fue diseñado para promover la participación de las mujeres en las decisiones relacionadas con la forestería comunitaria en comunidades indígenas.

El enfoque para el manejo adaptativo y colaborativo (ACM, por sus siglas en inglés) permite a los participantes perfeccionar nuevas capacidades y utilizarlas en un ciclo de aprendizaje y reflexión que lleva a nuevos aprendizajes.

Sin embargo, cuando comenzaron este proceso con miembros de la comunidad, el equipo que trabajaba en el campo no se dio cuenta de que también tenía mucho que aprender.

Como lo señala la metodología del ACM, los miembros del equipo de campo tienen un papel activo que no se limita a ofrecer la capacitación, sino que se extiende a su participación en las actividades diarias, junto a los miembros de la comunidad.

Esto los llevó a confrontarse con algunas de sus propias actitudes y prejuicios, afirmó Evans.

A un miembro del equipo que había crecido en la ciudad se le dificultó participar de lleno en las tareas diarias de la comunidad. Los hombres indígenas del equipo tuvieron sentimientos encontrados sobre el énfasis en el tema de género, y se preguntaron si los investigadores estaban imponiendo actitudes externas en las comunidades indígenas.

El monitoreo participativo es un elemento clave del manejo adaptativo y colaborativo, pero los equipos de campo se mostraron renuentes a comenzar, en parte por la falta de experiencia, pero también porque no estaban convencidos de su utilidad, señaló Evans.

Para su sorpresa, el monitoreo —de todo, desde el crecimiento de los árboles hasta las acciones de las autoridades de la comunidad — abrió las puertas para la participación de las mujeres.

También cambió la relación de los investigadores con los miembros de la comunidad, permitiendo que fuera más colaborativa. Más adelante, un investigador que había crecido en la zona, pero que había salido de la comunidad para ir a estudiar a la universidad, comentó que pensó que tenía que demostrar que tenía todas las respuestas, y que si no lo hacía la gente no lo respetaría.

Monitorear es conversar

El monitoreo comienza con preguntas —estas pueden ser tan sencillas como: por qué ciertas especies de árboles crecen mejor que otras en un cierto lugar, o comparar los rendimientos de los cultivos en las diferentes parcelas—. En el monitoreo también se pueden emplear otras técnicas más avanzadas, como el mapeo. Con frecuencia, las únicas herramientas necesarias son un cuaderno y un lápiz.

“De hecho, si fuéramos a comenzar un nuevo proyecto, yo podría iniciar con el monitoreo”, dice Evans. “Empiezas con preguntas simples que las personas están dispuestas a contestar y comienzan a aprender juntos”.

Ese proceso “ayuda a romper las barreras existentes entre la comunidad y los miembros del equipo”, explica. “También rompe las barreras sobre el género en la propia comunidad de una forma que no intimida a las personas. No estás en una reunión hablando sobre género. Estás en el campo hablando sobre la comunidad y sobre lo que las personas piensan, amablemente alentando y tomando nota de los comentarios de las mujeres y los hombres”.

El monitoreo podría comenzar al tomar nota de la información, pero la verdadera riqueza se haya en la reflexión y en la discusión que le siguen, la que “alimenta la curva de aprendizaje social”, sostuvo Evans.

Los ejercicios permitieron que el equipo en el campo y los miembros de la comunidad conversaran sobre los problemas y aprendieran juntos. Conforme ganaron confianza, su deseo por experimentar creció.

En un caso, una mujer tomó espontáneamente el liderazgo en una conversación al final de una sesión en la que los investigadores y miembros de la comunidad trabajaron mano a mano en la plantación de cultivos.

Pero más tarde, cuando el grupo regresó a la sala de sesiones, ella y las otras mujeres que habían estado tan animadas en el campo, se sentaron silenciosamente y no dijeron una sola palabra.

Cambiar las actitudes hacia los roles de género

Algunos líderes de la comunidad habían dicho a los investigadores que las mujeres no estaban interesadas en participar en el manejo comunitario de los bosques, pero el entusiasmo de las mujeres en el monitoreo demostró lo contrario. Aún así, quedaba una duda por resolver: ¿Por qué las mujeres que tuvieron un papel activo en el monitoreo de campo no participaban durante las reuniones o las sesiones en la sala de reuniones?

Los investigadores notaron que las razones por las que las mujeres no participaban eran complejas. En algunos casos, simplemente no tenían la oportunidad. En otros, eran amenazadas o castigadas, algunas veces de forma violenta por esposos o parejas que no querían que ellas participen.

Al reflexionar entre ellos, los miembros del equipo de campo, particularmente los hombres indígenas, comenzaron a cuestionarse sus propias creencias sobre las relaciones entre hombres y mujeres en las comunidades y a entender qué obstaculizaba la participación de las mujeres.

Los elementos clave que permitieron el aprendizaje del equipo fueron la constante reflexión y la discusión.

“No nos propusimos documentar los cambios o modificaciones en las actitudes entre los miembros del equipo”, aseguró Evans. “Pero porque reflexionamos como grupo después de las actividades, y porque hicimos una buena documentación escrita, nos dimos cuenta de que tanto el equipo como la comunidad estaban en un proceso de aprendizaje”.

Los miembros del equipo ganaron confianza, vencieron el miedo a equivocarse, y descubrieron que su propio proceso de aprendizaje era tan importante como el proceso de aprendizaje de las comunidades en las que estaban trabajando.

Aplicaron la misma metodología para su propio trabajo, “adoptaron comportamientos de colaboración, aprendizaje y de adaptación de sus propios comportamientos”, detalló Evans. “En otras palabras, ‘aprendieron a aprender’”.

La lección para los investigadores es: “es igual de importante involucrarse profundamente con los equipos que trabajan en el campo, como con las comunidades con las que trabajamos. No sólo se trata de contratar a la persona correcta. Todos tenemos mucho que aprender”, concluye Larson.

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Este estudio forma parte del Programa de Investigación del CGIAR sobre Bosques, Árboles y Agroforestería(FTA), que cuenta con el respaldo de los Donantes del Fondo CGIAR.
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