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“El río Cravo Sur nace en los Andes, a 3800 metros sobre el nivel del mar”, dice Camila Cammaert, quien lidera los proyectos de sistemas alimentarios sostenibles de World Wildlife Fund – Colombia. “Y cuando fluye hacia las llanuras orientales de Colombia, alimenta a la cuenca, donde hay muchas industrias esperando para usarlo”.

La cuenca a la que se refiere Cammaert es la cuenca del Orinoco, que se extiende por la zona oriental de Colombia y la mayor parte de la vecina Venezuela. El Cravo Sur es uno de los muchos afluentes que desembocan en ella. Pero este río no solo sustenta la sabana y la vida silvestre que allí vive.

De él dependen las ciudades del departamento de Casanare. Y también los agricultores y sus arrozales y los ganaderos y su ganado. “Y además están las plantaciones para la producción de aceite de palma”, dice Cammaert. Luego hace una pausa para sopesar sus palabras. “En muchas partes del mundo, las plantaciones para la producción de aceite de palma están asociadas con la deforestación. Pero ese no es el caso en Colombia”, dice. “Aquí, nuestro desafío es cómo abordar el [tema del] uso del agua”.

Contar los días secos

Debido a que Colombia se encuentra muy cerca del ecuador, sus estaciones no presentan mucha variación. Sin embargo, Cammaert dice que las estaciones secas de la cuenca son muy secas y las estaciones húmedas son muy húmedas. Y cuando los responsables de la planificación y el manejo de los recursos hídricos de la región otorgan permisos de uso de agua a las industrias de la cuenca, no toman en cuenta las estaciones secas.

“Entonces, asignan los permisos de agua con este error de cálculo”, dice. “Hay una época del año en la que, si no se planifica bien, la región comienza a sufrir estrés hídrico”.

WWF-Colombia ya se encontraba trabajando junto con la comunidad en este problema y tenía en marcha un programa de gestión del agua cuando recibieron una llamada del sector del aceite de palma. “Dijeron: ‘Sabemos que están trabajando en este paisaje específico, y nosotros tenemos un reto [con el tema] de la gobernanza del agua, que nos está costando [abordar]”, dice Cammaert.

A Cammaert se le ocurrió la idea de un juego de mesa diseñado específicamente para reunir a todos los actores importantes de la industria del aceite de palma de un paisaje. “[Habíamos jugado] la versión diseñada para la industria del aceite de palma de Camerún, que se centra en los problemas de la cadena de suministro”, dice.

Trabajó entonces con el Programa de Paisajes Adaptativos de Palma Aceitera (OPAL), un consorcio de instituciones internacionales, liderado por la universidad suiza ETH Zurich, –y que incluye al Centro para la Investigación Forestal Internacional (CIFOR)– que está trazando una ruta hacia un aceite de palma más sostenible. Los estudiantes de posgrado de OPAL en Zúrich diseñaron un juego específicamente para Colombia y la cuenca del río Orinoco y lo llamaron “La Cuenca”.

Un periodo de recuperación

La cuenca del Orinoco tiene la superficie plantada de palma aceitera más extensa de Colombia, aunque las plantaciones más antiguas se encuentran en el norte y centro del país. En la década de 1990, las plantaciones para la producción de aceite de palma se encontraban en expansión y se esperaba que siguieran aumentando en la región cuando se desató una epidemia de pudrición del cogollo. Esta enfermedad afecta las hojas y el corazón de la palma aceitera y puede acabar con plantaciones enteras.

“El sector público tuvo una actitud muy positiva con respecto al aceite de palma y esperaban un gran desarrollo del sector”, dice Cammaert. “Pero el sector del aceite de palma era más conservador. Decían que no necesitaban expandirse. [Que] necesitaban aumentar la productividad debido a la enfermedad de la pudrición del cogollo. Fue, más bien, un periodo de recuperación”.

Cuando el juego de mesa llegó a Colombia, era tan grande que había que extenderlo sobre una mesa larga. Era un juego para un grupo numeroso de personas. El tablero de juego presentaba una imagen sencilla formada por figuras geométricas: los picos dentados en la parte superior representaban las montañas de los Andes, y los triángulos y los bloques se iban estrechando hasta formar una angosta franja de tierra con un río azul en el medio. El río Cravo Sur. La cuenca del Orinoco.

Triángulos de diferentes colores representaban diferentes paisajes: tarjetas verdes con dibujos de un espeso dosel de bosque, tarjetas verdes con las inconfundibles hileras de palma aceitera, sabanas con fuentes de agua, verdes arrozales inundados y campos con manchas marrones que presumiblemente eran el ganado. Pequeñas piezas azules simbolizaban el agua, que los jugadores debían agarrar a medida que bajaban por el río Cravo Sur hacia la cuenca.

Alrededor de la mesa estaban sentados los actores: representantes de empresas, comunidades, organismos administradores de recursos y organizaciones sin fines de lucro que en el mundo real trabajan en la verdadera cuenca y en sus alrededores. En el juego de mesa, al igual que ocurre en la vida real, decían frases como: “¿Quién está usando toda el agua? Necesitamos un poco de esa agua. ¿Cómo podemos compartir el agua sin gastarla toda?”.

Apertura

“Cuando jugamos el juego, vemos cómo las decisiones que toman los diferentes actores tienen un efecto directo en la disponibilidad de agua en la cuenca”, dice Cammaert. “Creo que el juego hace que los actores tengan más apertura a las necesidades de unos y otros. Acaba con algunas de las ideas preconcebidas, actitudes y expectativas que podrían haber tenido sobre otros actores”.

Cammaert cree que esta experiencia ayudará al grupo a tener discusiones más abiertas en sus interacciones de la vida real sobre la gobernanza del agua que comparten.

Pero este no es el único proyecto que OPAL tiene en Colombia. Andreas Etter, colega de Cammaert en OPAL, está investigando los efectos de las plantaciones de palma aceitera en la biodiversidad colombiana. Otra de sus colegas, Alejandra Rueda Zárate, se encarga de los programas de apoyo a los pequeños propietarios y agricultores de la industria de la palma aceitera. Rueda Zárate también trabaja para promover las certificaciones de sostenibilidad entre los productores de palma aceitera del país.

Cammaert es optimista y cree que el juego ayudará a consolidar la plataforma de gobernanza del agua de la cuenca. “Ahora están abiertos a trabajar en conjunto, a dialogar y a avanzar en la implementación de diferentes cambios”, dice. “Creo que, con la ayuda del juego, las cosas resultaron mejor que si solo hubiéramos hecho un taller más. Fue algo muy innovador y [todos] estaban muy entusiasmados”.

En cuanto al juego, Cammaert dice que será adaptado para que puedan jugarlo en otra región de Colombia que también tiene problemas de gobernanza del agua.

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Este estudio forma parte del Programa de Investigación del CGIAR sobre Bosques, Árboles y Agroforestería(FTA), que cuenta con el respaldo de los Donantes del Fondo CGIAR.
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